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Hay momentos en los que no podemos entrar con ellos - Y eso no es un fracaso. Es exactamente lo que teníamos que lograr.

20 may
2 min de lectura

Hay una escena que muchos padres conocen bien.

Su hijo está por enfrentar algo grande. La primera vez que entra solo a una universidad nueva sin conocer a nadie. Un conflicto con amigos que tiene que resolver sin que ningún adulto intervenga. Una decisión difícil que lo mantiene despierto de noche.

Y nosotros, desde afuera, queremos entrar con él. Resolver antes de que sufra. Amortiguar antes de que caiga.

Pero no siempre podemos. Ni siempre deberíamos.

Y eso, aunque duela, es exactamente como tiene que ser.

Lo que confundimos con protección

Durante años creemos que nuestra misión es proteger a nuestros hijos de las dificultades. Anticipar los problemas. Reducir el daño.

Y esa intención es buena. Pero tiene un costo que no siempre vemos: un hijo que nunca atraviesa sus propios desafíos nunca aprende que puede.

No aprende que puede equivocarse y seguir. Que puede caer y levantarse. Que puede entrar a un lugar nuevo, asustado, y aun así encontrar su lugar.

Esa certeza interna no se transmite con palabras. Se construye únicamente en la experiencia de haberlo hecho.

El mensaje que enviamos sin querer

Cuando nos metemos, cuando controlamos antes de que puedan intentarlo, les enviamos un mensaje muy claro aunque nunca lo digamos en voz alta:

“No confío en que puedas solo.”

Y un adolescente que internaliza ese mensaje no se vuelve más seguro por tener padres presentes. Se vuelve más dependiente. Más frágil. Más asustado de los umbrales que inevitablemente va a tener que cruzar solo.

Nuestra misión real: prepararlos, no sustituirlos

Hay una diferencia enorme entre acompañar y sustituir.

Acompañar es estar cerca mientras aprenden. Darles herramientas para conocerse. Ayudarlos a identificar sus valores para que cuando llegue el momento difícil, sepan desde dónde decidir.

Controlar es hacer por ellos lo que ellos necesitan aprender a hacer, o decidir por ellos lo que solo ellos pueden decidir.

La diferencia entre los dos define qué tipo de adultos van a ser.

Soltar es también un acto de amor

Llega un momento en la crianza en que el acto de amor más profundo no es acercarse. Es soltar.

No porque ya no importen. Sino porque todo lo que construimos junto con ellos tiene que poder sostenerse cuando nosotros no estamos.

Soltar no es abandonar. Es confiar en lo que construimos.

Es decirles, sin palabras: te preparé para esto. Sé que podés. Entrá.


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Programa certificado por la Escuela Sholem Corazón Valiente. Programa e institución avalados por IDC y la federación mundial de coaching.

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